Muchas gracias.
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8/11/11
30/9/11
Another brick in the wall
OK, voy a hablar de algo que seguramente no le importa a nadie. Pero hostia, no me puedo quedar callada. Así que siendo fiel a mi vocación, mi personalidad y el espíritu de este blog (un poco dejado de lado luego de haber encontrado trabajo y ser, por tanto, consumida por los fuegos eternos del capitalismo), paso a desarrollar el tópico.
Lo que pasó el otro día en Pergamino no puede ser. Y no me refiero a los abuelos que se fifaban bebés (WTF?? Qué mierda pasa en Pergamino?). Me refiero a algo menos repugnante, pero no por eso menos grave.
UNA MAMÁ LE ROMPIÓ LA CARA AL DIRECTOR DE UNA ESCUELA. CON UN CAÑO DE GAS.
Así, cortito y al pie.
(quémierdatepasaporlacabezalaconchadetumadrecómoseteocurreadelantedetuhijonopodés)
Ufff, bajo un cambio. De hecho, bajemos todos un cambio. No digo que el tipo sea fenomenal, que se haya casado virgen y que pase su tiempo libre dándole de comer a niñitos huérfanos. No, todos tenemos nuestras miserias y él no debe ser la excepción. Incluso no sé si no da qué pensar su modelo de gestión, pero ese es otro tema.
Tampoco me voy a poner a decir que las escuelas son el Nirvana en la tierra, que los muros escolares las alejan de una realidad de mierda, o que dentro de ellas todo es un lecho de rosas. No, claro que no.
PERO AL MAESTRO NO SE LE PEGA.
Punto.
A ver, esto es una regla de juego. Sí, es una ley, lo indica la moral, la ética, las buenas costumbres. Todo lo que quieras. Pero es fundamentalmente una regla de juego. Es uno de los principios sin los cuales el sistema educativo no puede funcionar (y eso que ya no funciona!). Si no podemos respetar algo tan básico como la integridad física de los educadores, ¿por qué nos molestamos en llevar a los pibes al colegio? ¿De qué sirve?
Acá hay algo muy turbio que está pasando hace mucho tiempo, y que, por supuesto, no empieza ni termina en la escuela. Este caso es uno más de la violencia desmedida e innecesaria que se ha vuelto el pan nuestro de cada día. Aun así, creo que es importante que todos nos llamemos a la reflexión, que bajemos un toque, que frenemos la boludez y hablemos en serio. Lo que tenemos en juego son las próximas generaciones, que si están para el orto es por culpa de quienes se han encargado de enseñarles la ley de la selva, de vapulearle sus derechos y de ningunear su cultura generacional. Pero ese también es otro tema.
Tenemos que tratar de entender que la educación de un pibe es una responsabilidad compartida entre la familia y el Estado y que, por lo tanto, es necesario hacer un contrato entre ambos. Sí, vos estarás pensando que el contrato no existe, y que si existe, pues ninguna de las dos partes están dispuestas a respetarlo. Bueno, puede ser. El problemita es que quienes tienen el deber de mediar entre un Estado que hace política educativa desde una oficina con aire acondicionado y las familias en una situación de vulnerabilidad social cada vez más grave, sabés quiénes son?
LOS MAESTROS.
Yo propongo, entonces, que dejemos de romper las pelotas porque sí y tratemos de construir un poco este proyecto que es comunitario, que en mayor o menor medida nos afecta y beneficia a todos. No dejemos de criticar, pero hagámoslo desde el respeto, no dejemos de participar, pero confiemos en quienes se prepararon para educar. Y sobre todo, dejemos de usar a los pibes como rehenes de nuestra propia incompetencia e imbecilidad. Yo me resisto a creer que el hijo de esta pelotuda sea uno más que no vale la pena. Pero más de uno debe pensarlo, especialmente luego de verlo amenazar a su director con un cuchillo. Yo no, y somos muchos los que dejamos nuestra energía en seguir apostando por estos pibes. ¿Y sabés qué reconocimiento social tenemos? Jajajajaja, reconocimiento social. Cláh.
Nada más. Dejo abierto el debate que me encantaría que surgiera. Si vos estás leyendo y tenés una opinión, compartila, por más que jamás hayas leído este blog. Copate.
Y a la señora esta de Pergamino, con todo respeto, VÁYASE BIEN A LA RE PUTÍSIMA MADRE QUE LA RE MIL RE PARIÓ, sí? Gracias.
6/1/11
Fabricantes de embustes
No, no me pasó nada, estoy bien, íntegra tanto física como psicológicamente, no tuve que soportar el frío de un arma presionando contra mí, ni un manoseo, sólo una piña en la cara que por suerte no dejó secuelas.
Ayer me robaron el celular. Asamblea y José María Moreno, lleno de gente, a las 20.30 hs.
Sabés qué me calienta? No el celular, que pobrecito tenía (a lo sumo) un año más de vida útil. No los contactos que los puedo recuperar, porque tampoco es que había conseguido el celular de Leonardo Sbaraglia. No la posibilidad de estar comunicada todo el tiempo en todo lugar, idea que nunca me terminó de cerrar del todo.
Me calienta que me roben la libertad. Sí, así nomás. Resulta que la culpa es mía: por no estar atenta, por estar usando el celular en la calle (creí que se había inventado justamente para eso), por caminar cuatro cuadras desde mi casa. Al final es culpa mía, parece ser. Yo no tengo derecho a caminar por la calle porque parece que hay gente que tiene -casi- el deber de sacarte las cosas que son tuyas.
Entonces, una no se puede poner pollera -por los violadores-, no puede usar el celular en la calle -por los rateritos-, no puede sacar la plata del banco -por las salideras-, no puede llevar encima la tarjeta de débito -por los secuestros exprés-, no puede...
Con tanto no puedo, no puedo nada. O puedo eso, solamente: nada. Y me rompe las pelotas, y puedo decirlo porque tengo libertad de expresión. Pero no me vendría mal, tampoco, un poco de libre circulación por las calles. Porque ese es mi derecho, que está siendo vulnerado.
Gente, atenti: al cargar las tintas sobre las víctimas, diciéndoles que "es su culpa" por haber hecho tal o cual cosa, no hacemos más que naturalizar la delincuencia, y eso no está bueno. Nos acostumbramos (quizá como un mecanismo de defensa, no lo sé) a naturalizar algo que, discúlpenme, NO ES NATURAL. No poder salir de tu casa por miedo debería ser un trastorno psicológico, no pura lógica.
Y les cuento a mis gobernantes, los fabricantes de mentiras. A mí la "sensación de inseguridad" ya me robó cuatro veces desde el 2008 (hagan sus propias cuentas). La inseguridad existe, de la misma manera que la inflación no es del 7%, de la misma manera que no hay combustible en las estaciones de servicio, de la misma manera que sí hay déficit habitacional, de la misma manera que sí hay desempleo. Y digo eso, nada más, porque son las cosas que el gobierno niega y que, por alguna extraña razón, me pasan todas a mí.
Mientan, mientan, que algo quedará. Aunque sólo sea su imagen manchada en la historia.
Ayer me robaron el celular. Asamblea y José María Moreno, lleno de gente, a las 20.30 hs.
Sabés qué me calienta? No el celular, que pobrecito tenía (a lo sumo) un año más de vida útil. No los contactos que los puedo recuperar, porque tampoco es que había conseguido el celular de Leonardo Sbaraglia. No la posibilidad de estar comunicada todo el tiempo en todo lugar, idea que nunca me terminó de cerrar del todo.
Me calienta que me roben la libertad. Sí, así nomás. Resulta que la culpa es mía: por no estar atenta, por estar usando el celular en la calle (creí que se había inventado justamente para eso), por caminar cuatro cuadras desde mi casa. Al final es culpa mía, parece ser. Yo no tengo derecho a caminar por la calle porque parece que hay gente que tiene -casi- el deber de sacarte las cosas que son tuyas.
Entonces, una no se puede poner pollera -por los violadores-, no puede usar el celular en la calle -por los rateritos-, no puede sacar la plata del banco -por las salideras-, no puede llevar encima la tarjeta de débito -por los secuestros exprés-, no puede...
Con tanto no puedo, no puedo nada. O puedo eso, solamente: nada. Y me rompe las pelotas, y puedo decirlo porque tengo libertad de expresión. Pero no me vendría mal, tampoco, un poco de libre circulación por las calles. Porque ese es mi derecho, que está siendo vulnerado.
Gente, atenti: al cargar las tintas sobre las víctimas, diciéndoles que "es su culpa" por haber hecho tal o cual cosa, no hacemos más que naturalizar la delincuencia, y eso no está bueno. Nos acostumbramos (quizá como un mecanismo de defensa, no lo sé) a naturalizar algo que, discúlpenme, NO ES NATURAL. No poder salir de tu casa por miedo debería ser un trastorno psicológico, no pura lógica.
Y les cuento a mis gobernantes, los fabricantes de mentiras. A mí la "sensación de inseguridad" ya me robó cuatro veces desde el 2008 (hagan sus propias cuentas). La inseguridad existe, de la misma manera que la inflación no es del 7%, de la misma manera que no hay combustible en las estaciones de servicio, de la misma manera que sí hay déficit habitacional, de la misma manera que sí hay desempleo. Y digo eso, nada más, porque son las cosas que el gobierno niega y que, por alguna extraña razón, me pasan todas a mí.
Mientan, mientan, que algo quedará. Aunque sólo sea su imagen manchada en la historia.
Etiquetas:
idioteces del mundo,
Renegadísima,
REVOLUCIÓN
20/10/10
Cuesta arriba
Cuesta ver que las certezas que creías tener, en realidad eran ilusiones.
Cuesta entender que no era pasión, era mandato.
Cuesta escuchar lo que no te gusta escuchar.
Cuesta aceptarlo.
Cuesta hacer tuya la idea de que todo cambió y que ya no hay retorno.
Cuesta mantener la esperanza y pensar que algo bueno va a traer.
Cuesta salir a buscar cuando no hay un rumbo claro.
Cuesta tener coraje para salir, para empezar.
Cuesta empezar a irse: dejar de amar, temer, y finalmente partir.
Cuesta crecer. En todo sentido.
Cuesta aprender a estar sola. No a sentirte sola, simplemente a estarlo.
¿Tanto cuesta?
Cuesta sentir que no se va a terminar nunca.
Y saber que, aunque termine, algún día vuleva a empezar.
Cuesta tener ovarios para plantarte.
Cuesta elegir tu propia aventura.
Cuesta creer que esta misma, la que escribe estas palabras, seas vos, y no otra.
Cuesta creer que te hayas permitido estar cuesta abajo, por una vez.
Hay que remar igual en subida que en la bajada
lo mismo es errarle a la salida que a la llegada, dicen por ahí.
Cuesta entender que no era pasión, era mandato.
Cuesta escuchar lo que no te gusta escuchar.
Cuesta aceptarlo.
Cuesta hacer tuya la idea de que todo cambió y que ya no hay retorno.
Cuesta mantener la esperanza y pensar que algo bueno va a traer.
Cuesta salir a buscar cuando no hay un rumbo claro.
Cuesta tener coraje para salir, para empezar.
Cuesta empezar a irse: dejar de amar, temer, y finalmente partir.
Cuesta crecer. En todo sentido.
Cuesta aprender a estar sola. No a sentirte sola, simplemente a estarlo.
¿Tanto cuesta?
Cuesta sentir que no se va a terminar nunca.
Y saber que, aunque termine, algún día vuleva a empezar.
Cuesta tener ovarios para plantarte.
Cuesta elegir tu propia aventura.
Cuesta creer que esta misma, la que escribe estas palabras, seas vos, y no otra.
Cuesta creer que te hayas permitido estar cuesta abajo, por una vez.
Hay que remar igual en subida que en la bajada
lo mismo es errarle a la salida que a la llegada, dicen por ahí.
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